Al despertar café caliente, pan tostado y un puchero si el sustento se aparta de mi lado. El poso ya previene: "hay infusiones de flores de un día que empiezan con la lengua ardiendo y terminan al baño María hirviendo el paladar". Luego llega el almuerzo y entre las casas el sol teje una alfombra hecha jirones que me hace de tablero para el juego que practico a la sombra que regalan los rincones. A veces no lo niego me ha pasado, es un castigo justo andar ciego y descalzo sobre brasas para apagar el fuego de un asado. Compartir el hambre eterno suena a mito, lo sé, sé que lo sabes y por eso admito que no dije Diego donde dije digo. Pasado un tiempo se van haciendo más oscuras las noches y austeros los portales, aunque sabe como arropar el vaho de un termo a los buenos comensales. Pruebo un par de posturas y no duermo si el hambre me incomoda, será que no es tan malo este veneno que siempre está de moda. Después ya solo queda digerir lo hecho, que alguien prohiba la veda y buenas noches, buen provecho.
